El fin del trabajo o el mandamiento divino

 

Es sabido que todo intento por interpretar la “palabra de Dios” requiere de un conocimiento y estudio teológico que no cualquiera posee, incluyendo el propio autor de este artículo.  Reconociendo esta severa limitación es que advierto que no es éste un intento de libre interpretación de las Sagradas Escrituras, sino un ejercicio de asociación de ideas y conceptos prácticos desde la perspectiva de un observador, hacedor y partícipe de nuestra realidad. 

En el catecismo católico ha quedado establecido que el Tercer Mandamiento en español sea traducido como “Santificarás el día del Señor” o también como “Santificarás las fiestas”

“Recuerda el día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso para el Señor, tu Dios. No harás ningún trabajo” (Ex 20, 8-10; cf Dt 5, 12-15).

La pregunta que surge al respecto tiene que ver con la situación laboral de nuestro tiempo. En un extremo del espectro están los países que no tienen casi nada, en los que el trabajo brilla por su ausencia, con absoluta pobreza e infinitas carencias. En el otro extremo, los países del llamado “primer mundo” promueven la idea del trabajador crónico que logra mayor “bienestar” a cambio de mayor “dedicación al trabajo”.  Premios por el logro de objetivos, metas inalcanzables, aceleradores que multiplican rápidamente los ingresos, son sólo algunas muestras.

A quienes les falta el trabajo, pueden ser proclives a “adorar” el trabajo como una especie de bendición divina y quienes lo poseen no les queda más remedio que gastar sus logros en la industria del ocio para poder “escaparse” del trabajo que los esclaviza. Algo así como pagar para dejar de trabajar. 

¿Habremos logrado entonces el cometido del Tercer Mandamiento? El descanso que recomiendan las escrituras tiene inicialmente connotaciones de adoración a la divinidad, pero luego apunta a recompensar al Hombre con la capacidad de disfrutar, reflexionar, pensar en algo que no sea el sólo hecho de consumir bienes materiales.

Si retrocedemos en el tiempo, podemos observar que en la antigüedad, los trabajadores manuales eran dueños de lo que producían, teniendo en sus propias manos el factor productivo más importante: su conocimiento de la tarea a realizar.  En la era de los artesanos, las “empresas” se organizaban en torno a éstos, desarrollando su actividad en pequeños grupos organizados como los talleres de artesanos, dentro de los cuales estos aumentaban su habilidad y experiencia adquiridas a través de herramientas de uso general.  Todo cuanto los artesanos sabían sobre productos y procesos descansaba en su intuición y en su experiencia sobre el cliente, el producto, el proceso y el uso de las herramientas.  Así se originó el conocimiento tácito, pues a medida que los artesanos creaban más soluciones, se volvían más y más diestros, acumulando dicho conocimiento en sus cabezas, donde permanecía hasta que era transferido a sus descendientes.

Cuando el artesano fue capaz de describir los detalles de las tareas que realizaba, paso a paso, proceso a proceso, se produjo la transformación que dio origen a la producción masiva.  En ese momento, el conocimiento pasó de tácito a articulado, tal que la empresa se convirtió en una especie de maquinaria capaz de repetir el mismo procedimiento infinitas veces, siguiendo siempre las mismas reglas. 

La repetición que implica la producción masiva hizo con el tiempo que los trabajadores aprendieran observando y “sintiendo” cómo operaba el proceso, lo cual da origen al conocimiento práctico.  Para poder aprovecharlo la empresa tendió un puente hacia la mejora de procesos mediante su documentación, el trabajo en equipo, los sistemas de medición de satisfacción del cliente, la mejora continua, etc.  Al concentrarse en la mejora de los procesos se fomentó el intercambio de ideas dentro del equipo, lo cual contribuyó a la colaboración entre funciones.

El último escalón en este camino se podría llamar customización masiva y se refiere a la instancia en que la empresa sea capaz de adaptar sus procesos de tal forma que pueda responder rápida y eficientemente a los cambiantes requerimientos de sus clientes.

La ciencia aplicada ha permitido generar avances tecnológicos que han posibilitado estructurar el conocimiento humano instrumentándolo para producir más y mejores bienes y servicios.

Sin embargo, la utopía de liberarse del trabajo persiste, ya que en lugar de vernos liberados con cada avance tecnológico, se produce un cambio en la calidad de la actividad que se realiza. Los artesanos operaban las herramientas con sus manos y veían el “producto final”, los operarios de una línea de producción operan herramientas más sofisticadas y son responsables de ese paso dentro de toda la línea, el trabajo en equipo requiere emplear herramientas de interacción y coordinación indispensables y la sistematización lleva a una enorme flexibilidad en la customización del producto final, pero aún así, sigue requiriendo personas que operen dichos sistemas.

En busca de reducir el trabajo y mejorar el rendimiento, los procesos hicieron que el trabajo aumente y que se requiera de una mayor estructura. El capitalismo hizo que el proceso fuera aún más ambicioso.

La clave está en la capacidad de los trabajadores de elegir entre dos alternativas: vivir para trabajar o trabajar para vivir. Tal vez prestarle atención al mandamiento divino nos permita elegir con un mejor criterio. Y así sabremos “para qué” trabajamos, y reconoceremos la importancia de nuestro descanso.

Acerca del autor de este artículo

Sergio Sperat es socio de Estratega y tiene una trayectoria de más de 20 años como consultor en estrategia de áreas de TI y negocios, desarrollada en una amplia variedad de industrias en Argentina, Perú, Chile, México y Estados Unidos.  Es Licenciado en Análisis de Sistemas de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires, hizo su Programa de Dirección de Empresas en el IAE Business School en 1995, completó su Maestría en Administración de Empresas en IDEA y London Business School, en Inglaterra en 2001. Fue profesor adjunto del postgrado del Master en Administración de Empresas de IDEA.  Sergio está certificado en CobiT y CGEIT y se desempeña como responsable de Aseguramiento de Calidad y Dirección de Proyectos de Estratega.

Sergio se ha certificado como Blue Ocean Strategy Practitioner por el Blue Ocean Strategy Initiative Center(r) de Londres (Reino Unido).

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